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Solypsi, la primera profe trans de los colegios públicos en Colombia

Publicado: 2018-08-04 - (material solo para adultos)

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En el oriente de Cali, una mujer transgénero de 48 años enseña a niños de tercero de primaria; es un triunfo para ella, pero también una lucha diaria contra la discriminación, la angustia y la soledad.

Es una clase normal. Los niños saludan a la maestra con un beso en la mejilla, comienzan el día con una oración y reciben evaluaciones calificadas del día anterior. Se ven manos levantadas, se resuelven dudas, hay bulla y travesuras y también llamados de atención. Los estudiantes no ven en frente suyo al señor CARLOS ARMANDO NAVIA, sino a una mujer que decidió llamarse Solypsi, su profe.

La maestra dirige una clase de tercero de primaria en la Institución Educativa Gabriela Mistral, en el oriente de Cali. Es su lugar de trabajo desde hace 25 años.

Los 10 primeros años en el colegio los ejerció como un hombre total.

“Me sentía acomplejada, frustrada y en especial cuando estaba cerca de otras chicas trans que ya habían sacado su identidad a flote. Pero tras ese periodo, decidí enseñar con una apariencia andrógina al reunir rasgos ambiguos entre lo masculino y femenino”.

El cabello largo y los gestos amanerados hacían fruncir el ceño de algunos padres de familia y de otros profesores. Mientras tanto, Solypsi hacía público su verdadero perfil en Facebook, donde subía fotos reveladoras de su transición de género. Usualmente, se trataba de una imagen primaveral y un poco kitsch: delante de un fondo rosado, se revela una Solypsi con el cabello pintado de rubio, aretes que llegan hasta la base del cuello y un vestido de gala blanco. Mirada inocente y sonrisa apenas perceptible.

SOLYPSI quería impartir clases así, con su verdadera identidad. Averiguó y en la Fundación Santamaría, que visibiliza la realidad social de las mujeres trans en Cali, logró poner su caso en la mesa de la Secretaría de Educación. En el despacho, a través de trabajadores sociales y psicólogos, estuvo pendiente de los impactos de la transición de género de Solypsi en la escuela Gabriela Mistral, y luego de un año (todo 2017) estableció que había suficiente nivel de tolerancia en la comunidad.

Pero la noticia provocó molestias.

“Hubo algunos padres de familia que no aceptaron y pidieron que sus hijos fueran transferidos a otro salón”, recuerda Miriam Patricia Duque, rectora del colegio­. Unos cuantos profesores, como era de esperarse, pusieron resistencia incluso hasta el día de hoy. Los estudiantes de primaria y bachillerato, por el contrario, no le vieron ningún misterio al tema.

* * *

Dar vueltas con una toalla atada a su cabeza, como imaginando que tenía una cabellera, es uno de los recuerdos que guarda Carlos de su niñez en cuerpo ajeno; daba vueltas como Lynda Carter en la Mujer Maravilla, uno de sus ídolos de esos años.

Aunque mucho de esto sucedía a puerta cerrada, Carlos, de niño, no se resistía a protagonizar reinados de belleza ante la sonrisa de sus amigos del barrio Villanueva. Algunos despertaban la atracción de Carlos, algunos también eran homosexuales, pero no había manera de revelar su verdad en medio de una familia conservadora como la suya. Su papá lo vigilaba y lo reprendía por sus maneras, y más de una vez lo llamó “maricón”.

“Por miedo a expresar lo que era, me manufacturé como hombre”.

Carlos trabajaba como educador desde los 19 años, luego de graduarse en la Escuela Normal Departamental para Varones de Cali (ya escuchar la palabra “varones” le causaba desazón). Cumplía así un sueño que formó desde la infancia, cuando juntaba tablas, ladrillos y una puerta para simular un salón de clases: él como maestro y sus vecinos de la misma edad como alumnos.

“A los 22 años me casé con la cuñada de un primo (poco después de la muerte de mi padre). Aunque ella no prestó atención a los rumores, pienso que tuvo cierto grado de intuición. Durante nuestra relación tuvimos tres hijos”.

Carlos manifestaba su identidad de género gradualmente, hasta que un día en 2002, con diez años de matrimonio a cuestas, decidió contarle a su mujer que era gay. Al comienzo no le creyó, y luego se preocupó por los señalamientos de vecinos y amigos.

“Para mi familia era mejor el silencio que la divulgación. Inclusive, mi hermana me llegó a decir que me apartara de mis hijos, porque la gente solo difamaba, criticaba”.

Carlos era un tabú, y se mantuvo así hasta durante dos años más, cuando el divorcio fue inevitable.

Los parientes de mayor edad no lo asimilaron, pero sus hijos enfrentaron con normalidad la transición de género de su papá. El mayor de los tres, Kelferdin Andrey Navia, recuerda que era un muchacho de 14 años cuando se dio cuenta de la situación, “la edad perfecta para ser compresivo”, explicó.

“Si uno se crea un prejuicio o se encargan de enseñárselo cuando niño, no se da la oportunidad de pensar libremente. Debemos pensar en la inclusión, pues las diferencias no nos hacen inexistentes en este mundo”.

Solypsi encontró suficiente tolerancia en la Gabriela Mistral, pero no ocurrió igual con Andrea Gómez, la primera docente que se presentó públicamente como persona transgénero en el país. Ocurrió en Tuluá, norte del Valle, cuando los acudientes de la Institución Educativa María Inmaculada exigieron que Andrea, con 24 años de experiencia y catedrática de literatura a niños de primaria, no se le permitiera ejercer su labor.

Finalmente, la Secretaría de Educación dictó que otra profesora fuera asignada para “evitar agresiones verbales o físicas” hacia Andrea. De hecho, el pasado 19 de enero salía de una escuela rural a su casa, cerca de Tuluá, en bicicleta, cuando un hombre le dijo “Profe, pare”, y enseguida le disparó. La bala fue a dar al morral de Andrea, y mientras huía con los nervios destrozados, escuchaba a su agresor...

“¡Profe maricón!”.

SOLYPSI ha sido -y todavía es- discrimidada por algunos padres de familia y profesores. Son cada vez menos, por eso se siente satisfecha de que cada puede ser más quien decidió ser, su verdadera esencia: Solypsi, que significa eclipse de sol, una metáfora de esa luz tras la oscuridad, de los años difíciles que tuvo que vivir.

Esa sombra se empieza a ir, y en su lugar, al menos así lo ve ella, revela un sol cada vez más brillante.

En el cumpleaños de un primo en segundo grado, Solypsi realiza una de sus actividades favoritas, el show escénico al son de una balada.

 

POR:  JAIR F. COLL
@_jair_coll_

Enlace original Semana Rural

 

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